Quintilla | Sintiéndonos eternos

En aquél entonces todavía no me había sido diagnosticada la enfermedad mental que padezco, pero no por ello dejaba de sentir que algo no parecía estar del todo bien en mi interior. Conocerla a ella, la que fuera la áurea dama de mi pensamiento, supuso un giro radical en la perspectiva que tenía hacia las condiciones psíquicas. Me he sorprendido a mi mismo recordando los paseos que dimos por los jardines de Montjuïc a la luz de la luna con una sonrisa en la que perviven con la misma intensidad la nostalgia y la suspicacia.

He perdido la cuenta de cuántos de los mágicos recuerdos que conservo en la memoria he sometido al severo juicio de la reflexión implacable por el fulgurante velo de irrealidad junto al que parecen fundirse. El desapego por los tiempos pasados y por las personas que formaron parte de ellos resulta entonces más sencillo; cuando tratamos de seccionar los límites entre el suceso y la experiencia, es posible recordar lo acontecido bajo la fría luz del microscopio sin someterse a las emociones que acompañaron lo vivido.

Bajo esta iluminación, las memorias pierden el color que las caracteriza y se convierten en una suma de anécdotas, irrelevantes para el continuo de la persona e incapaces de influir de manera tansformadora en la conducta de quien experimenta lo vivido. Sin embargo, no es posible desechar los sentimientos y las emociones de manera completa; el vínculo que une la experiencia de los sentidos a la experiencia de lo sentido es un enlace de fuerza comparable a la covalente. Tal y como si fuera examinar una radiografía, este negativo en que es posible observar el esqueleto de la experiencia no puede negar la existencia del cuerpo a partir del cual se tomó la imagen; tan solo es un método para distanciarse de la emoción del recuerdo cuando esta supone un influjo demasiado fuerte para sobrellevarse con estoicismo.

Tarde o temprano, la mirada del pensamiento se aleja del visor del microscopio y regresa a contemplar el mundo real. Con él regresan los sentimientos y las emociones y, con ellos, el color que antes había abandonado el recuerdo. Desenredada la maraña de los mismos durante la meditación, el sentimiento ligado al recuerdo permanece habiendo sido abandonada la añoranza. Es entonces cuando, sintiéndonos como nos sentimos aquél día, nos sentimos eternos.

Unidos los destinos
al poder conocernos,
andamos los caminos
donde se escuchan trinos
sintiéndonos eternos.